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¿Por qué leemos noticias o por qué importa que lo hagamos?

Actualizado: 19 mar

Juan Álvarez Gámez


 

En principio, ocuparse de leer noticias responde a un interés o a una preocupación por conocer o estar enterados de la realidad pública.


Pero de inmediato empiezan los problemas: la realidad pública no se conoce a través de las noticias. (La realidad pública es tu vecina y su hija que gritan en la noche. Tu pregunta acerca de qué hacer y tu pregunta acerca de qué es lo que pasa. Lo que acabes haciendo o dejando de hacer)


A través de las noticias, lo que es cada vez más palpable es el entramado complejo de intereses entre fuerzas de muy distinta naturaleza: acá podría ir una caracterización de esas fuerzas, una lista que hablara de empresarios, políticos, jueces de la República; abstracciones.


No haré esa lista de abstracciones. No hablaré de fuerzas porque nos ocupa el valor de atender la realidad pública y la realidad pública es el grito de auxilio de una niña en la noche.


Dicen desde hace al menos dos décadas que la crisis del periodismo es resultado de que una noticia, una pieza de información, materia de trabajo del periodismo, ya no vale nada porque está al alcance de cualquiera y sus redes sociales.


Pero aparece entonces otro problema: pensar que la información que tiene valor, para entender la realidad pública, es una pieza simple, llana, comprensible de la misma manera para cualquier paisano alfabetizado, “temporada de lluvias en el suroriente del país”, por ejemplo. Una noticia no es información.


La información que tiene valor para entender la realidad pública es justamente la que nos cuenta con detalle, capacidad de análisis y la menor cantidad posible de sesgos involucrados (o haciendo explícitos sus sesgos involucrados), los intereses en juego en el entramado de fuerzas que constituyen la realidad y la reportan, lo que nos conduce a la paradoja contemporánea de que, hasta cierto punto, leemos noticias, consumimos los medios masivos de comunicación, para continuar en una abstracción: develar la posición del medio o del periodista, productor de la noticia o de la información, para conseguir descifrar su capacidad de estar construyendo información con valor para comprender la realidad pública.


En otras palabras, pitas en el enredo. No basta con el enredo mismo que es ya la realidad pública. Es el grito de auxilio de la niña en la noche y los oídos que escuchan ese grito y lo reportan y las acciones que ocurren en respuesta a la petición de auxilio reportada. Es decir, también tú haces parte del entramados de sentidos.


La realidad pública es una experiencia con tanto de política como de estética. Por eso no se trata únicamente del contenido emitido por un medio u otro de acuerdo a sus enfoques, agendas o posiciones comerciales frente a determinados intereses privados. Se trata de tus oídos, de tu capacidad de discernir esos enfoques, agendas e intereses detrás del entramado mediático que informa, y tal operación compleja solo es posible, con agudeza, mientras exista en ti, en cada ciudadano o en cada colectivo ciudadano, la oportunidad de un rango amplio de distribución de lo sensible, es decir, una capacidad ancha de experimentar la realidad más allá de las estrecheces habituales de la construcción o acotación de la realidad pública por parte de los medios masivos y corporativos de comunicación.


Pasear por tierras libres. No solo pasear los fines de semana por centros comerciales.


La distribución de lo sensible (noción del filósofo Jacques Rancière), la capacidad ciudadana o comunitaria de experimentar la realidad pública y también la realidad imaginada y también la imaginación civil, lo que es posible experimentar, es un ancho cuyos limites o contornos no pueden estar determinados exclusivamente por aquello contado o aquello analizado o aquello opinado por y en los medios de comunicación. Quizás las redes sociales han sido un ensanchamiento al tiempo que un tensionamiento. De lejos, la experiencia de lenguajes artísticos, de obras de arte, contribuye al músculo y a la elasticidad de ese espectro público en disputa que es la distribución de lo sensible.


Hace más de doscientos años, cuando nuestras sociedades territoriales tentaron la posibilidad conjunta de transitar del régimen monárquico a regímenes democráticos en construcción, la premisa fue la necesidad de alfabetización de la gente para así convertirse en ciudadanos y eventualmente votar y ser representados (esta lucha tomó, para los pobres y para las mujeres, un siglo y medio más). Hoy esa premisa de alfabetización básica está prácticamente cumplida al tiempo que descubrimos que es rotundamente insuficiente.


El proyecto contemporáneo de alfabetización debe sumar ahora las habilidades para discernir y operar en el mundo digital y para desentrañar, precisamente, los entramados de sentido y poder detrás del llamado cuarto poder, el poder de la prensa, el poder mediático (de mediación), que tanto reporta la realdiad como la construye, nos construye, lo construimos a él también, como audiencias y como consumidores y como agentes de la realidad pública. 


Y es entonces en este sentido que importa que busquemos entender la realidad pública y lo hagamos con conciencia de que ella pasa en parte por el reporte de la información que median los medios masivos de comunicación, pero también por nuestra agencia como audiencias con herramientas de análisis y discernimiento para controlar la calidad de la información que nos comunican.


Es una dialéctica compleja, sin duda, pero al tiempo es una complejidad antigua: la posibilidad de sociedades con los oídos suficientemente anchos para escuchar con nitidez el grito de auxilio de la niña en la noche y saber de qué se trata el auxilio.

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